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EL LIMBO TRÉMULO DE LA VIDA

El silencio de la playa era bello. La cercanía del mar azul convergía con el cielo inmenso. En aquella realidad inconsciente Ail miraba sus pies pensando en aquello inusitado que le  había tocado vivir. Por Giovanna  había dejado la ciudad de planos vanos e inciertos. Arriba, en la bóveda del vacío impalpable, el sol decantaba su luz trémula en el resplandor del agua espesa. Sobre la arena de la playa un cuerpo frío y dorado reposaba. En ocasiones Ail acompañaba a Giovanna en sus caminatas. Las nubes palpitaban y cambiaban continuamente mientras el eco del mar se deslizaba entre los abismos de la cristalina luz del medio día cuando Giovanna dijo que se casaría.

En el fondo Ail sintió un miedo límpido que parecía un murciélago entrando a su gruta. Para él, el amor por ella había sido como tirarse de la borda. Entre vio entonces los mágicos rayos en el  pelo de Giovanna reverberando con el sol que deslumbraba en el cenit como un corazón dorado. Ahí el puñal oscuro en su cabeza nadó de espaldas emergiendo en la luminosidad del agua.

Giovanna extendió los brazos -como dos alas- pero no para abrazarlo. Entonces la realidad apareció acogiéndolo. La figura flaca tenía los ojos tan abiertos como si un cuchillo hubiera hecho grietas bajo aquellas pestañas, bordeadas de un gris mortecino; sus labios parecían dos branquias dormidas, y los guijarros en la arena parecían como si el cuerpo de Giovanna hubiera hecho una carretera de olivos rojos.

Gira a otro nivel

Ail miró hacia tierra adentro. El pueblo, silencioso  a lo lejos, asomaba flotando con sus casas viejas encastradas como un enjambre de moscas. En su mente escuchó nuevamente pasar un mortífero grito. ¿Era la muerte, o era algo, alado y divino?  No sabía. Pero el silencio llenó el alma hueca de Giovanna que  con  los ojos opacos -como sin aire-  observaba el cielo con la mejilla tendida e inclinada sobre la arena roja. Ail guardó el puñal y se sintió feliz -en aquel silencio- sentado en la arena incolora a lado de Giovanna.

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