Buscando llantas para playa de Cancun

¡Vango al rescate!

-Los sobreros los vendían como si fueran cocacolas a 10 dólares, y los collares de caracoles a 20, a mi primera mujer la conocí cuando una serpiente se le enrolló en el cuello; ¡hoy! todo ha cambiado. Si esto me hubiera pasado hace diez años no sé qué habría hecho.

Dentro del auto, una mujer joven sacó un plato de madera y lo sostuvo mientras el anciano y yo hundíamos los dedos para recoger puñados de palomitas. El noble anciano movió la cabeza y miró de arriba abajo el horizonte lleno de hoteles.

– ¡Cuánto, cuánto ha cambiado todo esto! Cancún ya no es lo que solía ser, mi querido joven.

No respondí palabra, aunque me halagó el epíteto de joven. Conversamos varias horas. La luz fue decayendo. La marea se alejaba. El agua turquesa superponía sus colores, fundiéndose con el horizonte; la bola de fuego del sol naufragaba metiéndose en la línea de un mar oscurecido. Bruscamente, se hizo la noche.

Llantas para la playa… Continuación

Súbitamente, aquella inmensidad que veíamos fue cubierta por una camioneta que abrió sus puertas por los flancos. Mágicamente, un hombre apareció cargando cuatro llantas nuevas. Nos apartamos del auto mientras las llantas eran montadas. Cuando terminaron, el auto, con esas llantas deportivas, parecían un diablo verde encima de cuatro calderas negras. El viejo dio las gracias al técnico de Vango, prendió el auto y su juego de contraluces que, como fuego violeta, iluminó la orilla de la playa. De pronto, por el rostro del noble anciano, rodaron dos lágrimas, a las que el reflejo de la luna roja dio apariencias de lágrimas de sangre. El rugir del motor resonó cuando el viejo aceleró el auto verde con las llantas nuevas.

-Que tu noche sea bendecida, joven -dijo y se alejó a toda velocidad.

La luna aperlada fosforeció entre la inmensidad de millones de estrellas temblorosas. Aquel noble anciano que en su juventud había sido testigo del nacimiento de Cancún, me revelo que él se había adaptado al moderno Cancún de nuestro tiempo, pero no aceptaba en que se estaba convirtiendo.

Entonces, miré la playa y me puse a llorar como una criatura. El futuro era incierto.

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